quinta-feira, 16 de fevereiro de 2012

Prefiere


Prefiere hacer una burbuja y verla flotar hasta quebrar el límite de los mundos, verla asomar su fragilísima trompa de arco-iris, y a través de ella, reluctante en la superficie, en el segundo antes de que se entregue por completo a su otra, aérea naturaleza, ver el sobrevuelo de los gavilanes. Son los últimos rayos del sol. Prefiere sentir las dos mil bocas que durante horas roban de su piel gruesa insectos, plancton, cadáveres, restos de día, y que dejan, a cambio, el indecente placer de la sutilidad. Prefiere ver las formas arredondeadas de su gigantesco cuerpo balanceado por la corriente que viene de las montañas orientales, saber que sus yuntas, vértebras e inquietudes se entregan al agua, se ajustan, se transforman en algas o en versos plásticos. Y después, en algún después de todo esto que nadie sabe cuando, o si fue por acordarse de que era mamífero o porque algo allá afuera le pareció más bello… después salir y respirar en la superficie y al final, al final de todo, prefiere hacer el amor durante horas, aunque no lo llame así ni sepa de horas, en la apenas vibrátil excitación de su vejez.

Prefiere no hablar. Olvidar el corazón histérico que le tocó al nascer, suricato hiperquinético, tan lleno de vida, pisando los mundos en su velocísima carrera, sin conseguir ver el tronco con el que se estrella, mas apenas rebotar y seguir corriendo. Prefiere hacer de cuenta que ese tal corazón que ahora, antes de dormir, comienza a latir, no es el suyo, que podría haber sido un implante fraudulento, un engaño de la genética, y no el residuo irreductible de la transformación. Se agita, sus orejas tiemblan y ya que el cuerpo anciano no puede, tras el velo de sus ojos el mundo gira como maquinita centrifugadora, se despedaza, se descompone, se desgarra atroz, mientras todos duermen. Prefiere sonreír, colocar el corazón en una cuna de agua pasando para que se agite según su voluntad. Y puedan descansar.